Haz llegado a una cita con el delito de vivir, en una velada sobria y dolida.

No hace falta el licor que tantas noches me ha acompañado, ni melodías que propicien el suplicio de este desafío hacia el vacío.

Deja que las sábanas absorban el líquido que emana este llanto de culpa.

Deja que el pecado se aplaque en este pecho, cual sepulcro de latidos abatidos.

Habla a mis oídos y cuéntame cuántos oprobios he ensalzado.

Grítame en cuántas obras farsas he actuado.

Un arlequín se ha enjaulado en cadenas de risas falsas, que lo han sepultado.

El bregar de errores ha conquistado una marea de espinas que lo han flagelado.

La entelequia del principio ha denostado al innombrable perjurio cometido.

No hay esperanzas. No es amenaza. Es el flácido suspiro que reniega sus respiros.

No hay perdón, sólo hay culpa, yerros, deslices desbocados, que esta noche han convocado a la fogata de mis últimos estragos.