Cuando la corrupción anula a la ilusión

Se puso el poncho y el sombrero, y no sólo uno, le pusieron muchos más, por todo lugar donde hizo escuchar su discurso voraz.

Tomó el bastón de mando, ese símbolo de compromiso con los nuestros, aquellos que por decenas y decenas de años sintieron que fueron traicionados, olvidados y pisoteados.

Se sentó junto a quienes cargan más canas, esas cargas de años y sacrificados viajes por los senderos de la historia ecuatoriana -que no olvidan- y siempre mantuvieron la esperanza de cambios y mejoras.

Caminó por más de diez años con la tricolor en su pecho, resaltando el poder que le habían otorgado en las urnas. Tropezó y se encontró con aquellos que un día lo acompañaron, pero ya iban por otra ruta.

Dio y recibió besos y abrazos, incuantificables muestras de cariño de pequeños y grandes, quienes creyeron en él y que varios lo defienden hasta hoy.

Y, todo eso es un reducido sumario de su transitar en una década, con el designio del pueblo, con el poder del voto, que alza en hombros a quienes le confían la administración gubernamental.

Pero, al parecer eso se puede olvidar, aunque podría ser una fotografía capaz de intimidar a quien ofrece nunca fallar.

Los sueños y compromisos con campesinos, indígenas, hombres y mujeres, niños y jóvenes, quedan en una hoja de ruta a medio andar, cuando se quiebra el sentido de la política y deja a un lado esos simbolismos y rasgos de unidad, tolerancia, integridad, que exige todo proceso democrático y leal.

Sí es posible que las manos se extiendan y aprieten a unos y otros. O, al menos, no se apuñalen por las distancias del pensamiento y la ideología particular. Pero, el alejamiento y nublada reflexión apartan ese apretón de manos, incluso con los que nacieron y gracias a quienes llegaron al sillón presidencial.

Muchos los siguen, pese a todos los nubarrones que acusan la falta de ética y exceso practicado en el ejercicio del poder. Sin embargo, hay otros a quienes les duele, les inquieta, molesta y defrauda, por lo que públicamente las emisoras, periódicos y canales de televisión difunden sobre lo que se habría cometido en la década, para unos “ganada” y para otros “robada”.

Cómo no reconocer obras, cambios, proyectos, manifiestan los más cercanos seguidores, los beneficiarios, los defensores. Sería ser autorretratos de la invisibilidad del hombre cuando se ciega por el odio o la envidia.

Cómo no mirar las erradas y detestables demostraciones de la codicia, la corrupción y el engaño, es lo que otro sector cuestiona. Sería también ser ciegos de una efigie clara que está ahí en frente con máscaras de una falsa realidad.

Se les olvidó. Se les olvidó, extrañamente, que existe memoria y conciencia, cuentan en la plaza, en el parque, en la casa. Que pese al tiempo, lo hecho y desecho pesa, y cuando se traiciona, la esperanza acaba.

Se les olvidó que existió un compromiso de dar correa a quien vulnere el código de la honestidad, que prometieron sus corazones ardientes y sus manos limpias.

Se les olvidó que cuando se atraviesa el límite de la confianza, de la tolerancia, de la democracia, habrán voces que aunque fueron suyas, retornarán contra sus oídos, rechazando la gesta que inició como ciudadana y al final se pintó muy lejana.

Antes de su arribo a Carondelet, ya se vivió un cúmulo de pasajes de fracasos, inestabilidad, pobreza y corrupción. Rostros de una y otra tendencia política eran conocidos como “partidocracia”, esa a la que la RC prometió anular y no ser parte de ese entramado de “picardías” que la gente quería olvidar.

Antes de alojarse en el Palacio, ya se habían contado muchas historias del robo descarado de los recursos públicos, del saqueo de la ilusión ciudadana. Entonces, había que recordar y escribir cada día una nueva historia, apartada de ese latrocinio que empantanó el desarrollo y arrojó del límite territorial a miles de compatriotas, al no tener un Estado protector de sus derechos y que les había dejado sin recursos ni opciones de bienestar.

Los juramentos de cambio no cesaron, pero el declive del discurso se hizo notar, con el audaz vocablo de santos demonios que hoy, huidos del Ecuador, guardan en sus bolsillos y los de otros, los sagrados billetes que prometieron nunca adoptar.

Eso, marca un cambio, una derrota, un fracaso. Porque, cuando la ética se pierde y cae al vacío, tratando de ser ocultada entre las magnas obras que se pusieron ante los ojos del mandante: se vuelve efímero.

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